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Mostrando entradas de septiembre, 2026

Prisionero

Preso soy de mis palabras que oculto a mí mismo. Preso soy. Yo soy preso. Y el abismo que habito es el destino incondicional en el que vivo. Tengo una condena escrita detrás de los dientes, una colección de cosas que nunca dije a tiempo y algunas mujeres que todavía caminan por mi memoria sin saber que siguen viviendo allí. He aprendido que uno también puede pudrirse en silencio, levantarse por la mañana, preparar café, saludar a los vecinos y llevar un cadáver perfectamente acomodado dentro del pecho. No hace falta una celda para estar encerrado. A veces basta una habitación conocida, un vaso medio lleno, una madrugada demasiado larga y el nombre equivocado apareciendo cuando cierras los ojos. Yo he sido carcelero y prisionero, he escondido las llaves y después he llorado porque nadie venía a abrirme. He querido mal. He querido tarde. He querido cuando ya no quedaba nadie al otro lado de la cama, y también he dejado escapar a personas por el estúpido orgullo de creer que siempre habrí...

volverme noche reposando en tus labios

Volverme noctámbulo en tus labios, y pasar la noche en vela reposado en tu boca, cerrar los ojos y verte sonreír. Quedarme despierto en el borde de tus besos, sin preguntarle la hora a la madrugada, sin necesitar más refugio que ese pequeño espacio que existe entre tu cuerpo y el mío. Aprender de memoria tus silencios, la manera en que respiras cuando todo se calma, el instante preciso en que tus ojos buscan los míos y ya no hace falta decir nada. Dejar que la noche envejezca despacio, que las horas se cansen antes que nosotros, que amanezca detrás de las ventanas mientras seguimos inventando excusas para no despedirnos. Y cuando llegue el día, cuando la luz nos encuentre todavía cerca, volver a cerrar los ojos para quedarme un poco más contigo. Porque algunas noches terminan cuando sale el sol, pero otras se quedan a vivir en la boca.

El síndrome del quejicas

En el bullicio cotidiano de la vida urbana, la queja se convierte en una sinfonía constante, una melodía desafinada que acompaña a cada paso que damos. En el supermercado, las miradas descontentas se entrecruzan mientras los carritos se llenan de productos que prometen llenar el vacío existencial, pero que solo parecen agregar más peso a la carga emocional de cada uno. El tranvía se convierte en un microcosmos de descontento, donde los rostros cansados reflejan la lucha diaria contra la rutina y la insatisfacción. En las escuelas de nuestros hijos, la presión por el éxito académico se convierte en una carga pesada sobre los hombros de los pequeños, mientras los padres proyectan sus propias frustraciones en cada calificación y cada actividad extracurricular. En nuestros trabajos, las oficinas se convierten en campos de batalla donde la competencia y el resentimiento corroen la moral de aquellos que se atreven a soñar con algo más que una mera subsistencia. Los compañeros de trabajo se c...