Ventanas: El deseo es un cuchillo apoyado contra el vidrio. segunda parte

El invierno llegó sin pedir permiso. La humedad comenzó a trepar por las paredes de los edificios y las noches adquirieron esa quietud particular que tienen las ciudades cuando el frío obliga a la gente a refugiarse detrás de puertas cerradas. Desde su ventana, Ismael observaba cómo los departamentos encendían, una a una, sus luces, revelando fragmentos dispersos de vidas ajenas: una familia cenando, una pareja discutiendo, un anciano dormido frente al televisor. Sin embargo, ninguna de aquellas escenas lograba retener su atención durante más de unos segundos, porque, tarde o temprano, sus ojos regresaban al mismo lugar, siempre al mismo lugar: la ventana de Clara.

Había comenzado a conocerla de una forma extraña, incompleta y profundamente íntima. No conocía el nombre de sus padres, no sabía cuál era su comida favorita e ignoraba qué música escuchaba cuando estaba sola o qué películas la hacían llorar; aun así, tenía la sensación de haber contemplado rincones de su existencia que ningún amante había alcanzado jamás. Había visto su cansancio, la lentitud con la que regresaba algunas madrugadas, la manera en que permanecía inmóvil frente al cristal cuando creía que nadie la observaba y la tristeza atravesándole el cuerpo antes de desaparecer, unos minutos después, detrás de una sonrisa perfectamente ensayada.

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