Ella lo esperaba en el living, sentada en la absoluta oscuridad, con las cortinas cerradas y la copa de coñac entre los dedos, dejando que el silencio avanzara por toda la casa mientras la otra copa, la suya, reposaba en la mesa como un gesto que ya no tenía nada de cariño y todo de decisión. Escuchó la llave girar antes de escuchar el cuerpo tropezar contra la puerta y reconoció, sin necesidad de verlo, ese olor que siempre llegaba antes que él: alcohol viejo, perfume ajeno, sudor comprado, restos de noches que no le pertenecían y que él insistía en arrastrar a ese espacio que una vez fue hogar. Cuando él entró, no hubo saludo ni vergüenza, solo una pausa en la que intentó reconocer su rostro entre las sombras, como si necesitara saber con qué versión de ella se iba a encontrar. Ella habló sin moverse, sin modificar el tono, sin darle margen para escapar: le dijo que lo estaba esperando y le señaló la copa servida, obligándolo a sentarse frente a ella en ese sillón que tantas veces ha...
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